Charas, el Hashish de los Dioses

Charas es el nombre que recibe el hachís elaborado a mano en la India y Pakistán.

Se hace a partir del extracto de la planta del Cannabis sativa. La planta crece de forma salvaje por todo el norte de la India, Pakistán y el Himalaya; es un importante cultivo comercial para las gentes del lugar.

El charas ha sido usado en el subcontinente indio durante miles de años por sus propiedades medicinales y religiosas y fue vendido en tiendas gubernamentales (junto con el opio) en los primeros tiempos del Imperio Británico.

El charas desempeña con frecuencia un importante e integral papel en la cultura y rituales del Hinduismo, especialmente entre los Shaivs -la subdivisión del Hinduismo que venera a Lord Shivá como el dios supremo (a diferencia de los Vaishnavs que lo hacen con Lord Vishnú) y es venerado como uno de los aspectos de Lord Shiva.

La esposa de Shiva, la diosa Parvati, diseminó las semillas de la mejor hierba para que su divino marido no fuese a buscarla a otros valles. Ahí, las condiciones para su crecimiento son perfectas desde hace miles de años. La altitud, sobre los 3000 metros, y las extremas temperaturas, fortifican la planta. Nadie fuma de estas plantas, son demasiado resinosas.

Desde 1984, por presiones occidentales (americanas fundamentalmente) el charas es ilegal, pero como todo en la India, coexisten los opuestos. Es ilegal y sagrado a la vez. La policía quema parte de las plantaciones para controlar su comercio y los hombres santos (los babas) la fuman con oraciones en los templos.

Descortezar la planta, deshojarla, frotar los cogollos y quitar la resina es una mano. Se pueden hacer de tres a cinco manos en un día, y cada mano puede contener entre 1 y 6 gramos. Mientras mayor sea la cantidad producida, menor será su calidad. Mientras menor sean los restos de hojas, más puro, limpio y bueno será el charas. Para hacer crema, o sea el mejor charas posible, no se puede hacer más de cinco gramos en un día. Hacer de 5 a 10 gramos por día corresponde a segunda crema. El charas clásico, que también es bueno, permite sacar de 10 a 20 gramos por día.

Al tercer día las manos me arden. Por muchas grietas se asoma la sangre. Los nepalíes ríen. Ven el charas que hice y me dicen atchá walah, buena cosa.
Hasta hace algunos años la forma en que se moldeaba la resina permitía reconocer su procedencia. Pequeñas tortillas (chapatis) del valle de Parvati, o los famosos dedos de Manali, eran algunas presentaciones que hoy han perdido la exclusividad local.

Charas del valle de Tosh

Deben existir diferencias entre una cultura que hace su hashish acariciando las plantas, con otra que lo produce azotándolas contra una rejilla. En Marruecos, para hacer el hash, golpean la planta contra una malla. El polvillo que cae, los cristales de THC, el polen, lo comprimen hasta formar las piedrecillas cafés que no tienen otra función en la vida de un musulmán que el de un pecaminoso divertimento y un lucrativo negocio con los europeos. En la India, en cambio, recitan un mantra cada vez que van a fumar, es un ritual sagrado: Bom Bolenat Sabke Sat (sentémonos todos juntos y encendamos esta pipa por Dios). Rememoran así, aquella etapa de Shiva, el Dios de la Destrucción, en la que buscaba desmotivarse del mundo, perder las ambiciones terrenales, apreciar con más detalle la intensidad del presente. Una vez alcanzada esa etapa la hierba ya no era necesaria. La danza de la realización, simboliza el momento en que Shiva consigue dominar su deseo, cuando controla su ira, cuando vence a su ego. A partir de ese momento la marihuana se reserva para ocasiones especiales. En la noche de Shiva, para rendirle culto al Dios que hoy goza de mayor popularidad, los hindúes comen bhang (una pasta hecha con la planta completa de marihuana que puede comprarse en las oficinas de gobierno). Esa noche, muchos se embriagan con bhang, pero es una embriaguez tranquila, reflexiva, llena de silencios, de contemplación, de música hipnótica (el alcohol, sustancia que desata la pasión, el descontrol, es socialmente denostado). Miles y miles de personas caminan por las calles estrechas que conducen desde un templo sagrado hasta el otro. Quieren ver el jotilingam (una representación fálica de Shiva), quieren acariciarlo, frotarlo, verter leche, agua, flores, inciensos, collares, quieren saber que tendrán la fuerza necesaria para tolerar el sufrimiento que produce en sus vidas el deseo, la pasión, la ira, el odio.

Cuando el sol se oculta ya no es posible seguir produciendo charas. Las plantas se enfrían, la resina no se adhiere a las manos. Viajeros, babas, indios que disfrutan de la compañía de los extranjeros y del charas que llevan consigo, se sientan en el suelo, alrededor de una mesa larga, a compartir rondas de charas. Se fuma en una pipa llamada chilum. El charas se divide en decenas de pequeñas bolitas que se mezclan con el tabaco. Hay un arte en preparar la mezcla. Demasiado tabaco no permite disfrutar el charas. Demasiado charas no quema bien. Quien prepara la mezcla, generalmente el dueño del charas, jamás prende la pipa. Escoge a alguien del grupo, y como una ofrenda le tiende el chilum para que lo encienda. Éste recita el mantra, lo enciende, fuma una sola vez y lo entrega a su derecha, hasta que se acaba su contenido. Entonces hay que limpiar minuciosamente el chilum para que la siguiente ronda no tenga sabor a resina quemada. Un nuevo mantra y otro chilum comienza a avanzar hacia la derecha, desafiando los punteros del reloj, marcando un tiempo expandido por el charas.
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